He vuelto a ser un ciudadano de a pie después de muchos años de haber caído en la casi viciosa comodidad del auto. Me resultó menos difícil de lo que esperaba, aunque la motivación fue forzada.

Lo pensé en varias ocasiones durante todo este tiempo, pero la comodidad y flojera ganaban siempre –Soy débil–. Hasta que fue necesario llevar el auto al taller. Inicialmente, serían solo dos semanas como peatón. Pero no contaba con el pésimo servicio del seguro, aunque eso es parte de otra historia. Lo relevante es que eso me llevó a dejar la dependencia del auto como medio de transporte.
Yo solía ser un joven que caminaba mucho y usaba el transporte público cuando era necesario. Me crié en una ciudad pequeña, de esas donde es posible llegar caminando a cualquier lugar. Cuando me fui a la universidad vivía relativamente cerca, así que podía llegar a pie a clases y también al centro de la ciudad. Apenas usaba el transporte público.
Finalmente llegué a la capital a trabajar, una urbe enorme comparada con cualquiera de las ciudades en que había vivido antes –y con cualquier otra de Chile–. Aquí caminar no basta; hay que saber usar el metro o la micro para movilizarse. Aun así, seguí con mi vida de buen caminante. Claro, eran tiempos en los que no tenía auto. Pero, incluso cuando compré mi primer y único auto hasta ahora, solo lo usaba para salir de paseo los fines de semana o hacer viajes largos. Esa era la idea. Y la cumplí por varios años.
Con el tiempo me puse más cómodo. Empecé a ir al trabajo en auto cada vez más seguido, hasta que llegó un punto en que decidí pagar estacionamiento. Me había convertido en un dependiente del auto. Ya no lo usaba solo para ir al trabajo, sino también para moverme a casi cualquier lugar.
Pasó más de una década. Por eso, a pesar del mal rato que me hizo pasar el seguro, agradezco que me haya devuelto a la vida de ciudadano de a pie, algo que me gusta. Ahora me toca caminar bastante y disfruto mucho más la ciudad de esta manera. Es un buen ejercicio, además. También me ha servido para retomar la lectura, que había dejado de lado. Estar inmerso en la lectura es un excelente método para hacer más llevaderos los tacos y las demoras cuando viajas en transporte público. Eso sumado al ahorro en combustible y estacionamiento. Todo a costa de un poco de tiempo y algo de comodidad, que en mi caso no son sacrificios muy grandes.
Debo mencionar que para mí es una alternativa bastante fácil de tomar. Vivo en un lugar relativamente céntrico, con acceso a casi todos los servicios a unos cuantos pasos. Los trayectos de transporte publico no son tan largos, ni siquiera los que hago para llegar a mi trabajo. Entiendo que para muchas personas el transporte publico pueda resultar incómodo, especialmente para quienes deben pasar varias horas al día en recorridos extensos.
Me considero un férreo defensor y promotor del transporte público. Deberíamos privilegiar su uso por sobre el transporte privado, haciendo que sea más barato, rápido y cómodo. Eso llevaría a que muchas más personas lo prefirieran, ayudando a disminuir la congestión y la contaminación ambiental. Como dijo alguien por ahí: “Un país desarrollado no es aquel donde el pobre tiene auto, sino aquel donde el rico usa el transporte público”.
Definitivamente me gusta caminar. Y hasta lo había olvidado. Considero que la mejor forma de conocer un lugar es recorrerlo a pie, a veces sin rumbo fijo, solo para ir descubriendo nuevos lugares. Me siento orgulloso de volver a ser un ciudadano de a pie y espero mantener durante mucho tiempo este nuevo-viejo estilo de vida.
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